Consecuente con su título, La humanidad o nosotros (más conocido por sus siglas: L.H.O.N.), el nuevo disco de Illya Kuryaki and the Valderramas se rebela contra el fundamentalismo de las etiquetas en beneficio de la supervivencia musical. Ésa fue la actitud que adoptó el grupo desde que se reunió oficialmente, en 2011, no sólo para sostenerse en el tiempo, sino para establecer una autopista sin peaje entre su glorioso pasado y su sorprendente presente. “Si bien pensamos el funk de una manera bastante clásica, no podemos dejar de tener el bagaje de esta era. Esto afecta cualquier situación de época que plasmemos”, explica Dante Spinetta, en un cuarto sin ventanas del edificio de la discográfica de la que son parte, en el barrio de Palermo. “Hay canciones que están hechas de una forma más vintage por cómo fueron tocadas y porque las grabamos en cinta. No hay manipulación digital. Pero el encare de las melodías y la manera de cantar tiene que ver con cosas contemporáneas de dos pibes que arrancaron rapeando”.

Luego de que su octavo álbum de estudio evidenciara una agudeza creativa heterodoxa, el tándem cerrará hoy en la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131), a las 20 hs, un año memorable que comenzó con su show en el Lollapalooza Argentina. Allí se dieron el lujo de tantear el repertorio de L.H.O.N. al lado de uno de sus flamantes colaboradores,  el cantautor y productor estadounidense Miguel, ídolo del R&B hipster. “Cuando hicimos el video de ‘Estrella fugaz’, Miguel nos dijo que le gustaría hacer un remix basado en el trap (novel subgénero del hip hop)”, apunta Dante, quien esta vez se hizo cargo de la producción del álbum junto con su compañero de dupla, Emmanuel Horvilleur. “Originalmente, esa canción, pese a que parece un funk, es más bien una especie de soul-rock-rap. No sé. O R&B también. Hay un momento en el que perdemos la noción de lo que estamos haciendo realmente. Es simplemente fluir y sentir. Nos dejamos guiar por lo que va en cada tema”.

–¿Y qué les decían las canciones? 

Emmanuel Horvilleur: –Sé las influencias que pueden llegar a saltar cuando estamos haciendo una canción, y uno se reiría si le hiciéramos la autopsia a cada una de ellas. “Africa”, por ejemplo, es un funk que está marcado por Chic y por un montón de bandas más. El coro, que dice: “paramilitares…”, te lleva a otro mundo también. Nuestra lírica, la musicalidad de lo que decimos, despierta un sinnúmero de imágenes en la cabeza.

Dante Spinetta: –“Africa” nació en una gira. Mientras nos encontrábamos en el hotel, Emmanuel me llamó a la habitación para decirme que pusiera Televisión Española porque estaban dando un especial acerca del momento en el que el funk, la música disco y el rap impactaron en Europa. Y nos quedó en la cabeza esa “freakeación”. Traían a un cubano, y le producían un disco para estimular el baile entre la gente.

–¿Cómo procesaron toda esa sobreinformación al momento de hacer el disco? 

E. H.: –Con el tiempo la fuimos profundizando. En los últimos viajes compramos una colección de funk rock de Indonesia que es increíble. Hay un montón de música mundial que es muy loca. Pero eso no quiere decir que todo quede plasmado en un disco.

D. S.: –El funk afroamericano es nuestra gran influencia, la música afroamericana en general. Eso está bastante claro. Pero jugamos a ser Richie Finestra, a Vinyl. Producimos desde un rol cinematográfico, desde el flash.

E. H.: –Nos gusta de todo. El funk de Minneapolis, que está más apoyado en los teclados. Y eso lo podés notar en un tema como “Ritmo mezcal”.

–El tema estandarte del disco, el single “Gallo negro”, evoca a agrupaciones de los setenta como Malo o Mandrill, que fusionaban la cadencia latina con los ritmos afroamericanos. ¿De qué forma llegaron a esa síntesis?

D. S.: –El riff nos parecía medio “vato”, medio fronterizo, pero después, cuando le empezamos a meter producción, lo llevamos a un lugar más Fania. Aunque con un concepto funk y psicodélico, y aunado con lo nuevo del rap. Nosotros vamos a las raíces latinas, mezclamos todo. “Gallo negro” es un tema pagano en una época en la que el catolicismo ha vuelto a conectarse con la gente. En el disco, Dios está presente, ¿pero qué es Dios?

E. H.: –Es la canción más latinoamericana, más Patria Grande que hicimos. Hace una alusión a las Venas abiertas de América latina, aunque no somos de ese palo. Montados en la cosa rítmica, salió así.

D. S.: –Es una de mis canciones favoritas del disco. Creo que es un concepto que desde hace mucho aparece. Y con el video, lo elevamos.

–El video de esa canción recupera la veta cinematográfica del grupo, así como su afición por la cultura pandillera. Tras manifestarlo anteriormente en Abarajame y Coolo, ¿cuál fue la consigna en esta ocasión?

D. S.: –Si bien hay mucha iconografía a la que recurrimos, el concepto de “Gallo negro” tiene que ver con el “nosotros” del disco. Es como una suerte de Arca de Noé, donde están todas las razas mezcladas y festejando ese despertar. La tapa también tiene que ver con eso: la civilización en un punto más natural, ese paraíso que está detrás de la ventana. El “nosotros” no sólo somos Emmanuel y yo, sino todos los que pensamos que hay muchas cosas que no nos gustan de la humanidad, occidentalmente hablando. Buscamos conectarnos con la nueva fe.

E. H.: –Nos acompañaron un montón de avisos que iban flotando por ahí. Era traer un poco lo que hicimos con The Warriors, y profundizarlo de una manera más real.

D. S.: –Hay un documental llamado Rubble Kings, del que sacamos la estética de los chalecos con los nombres, que registra el momento donde los negros y los latinos del Bronx se unen. Y de esas pandillas salieron grupos musicales, que tocan percusión, porque era boricuas, y cantan en inglés. Y la mística de ese tema la llevamos hacia ese lado. Nosotros somos una consecuencia de mezclar lo latino con la música negra, y el rock blanco.

–¿Por qué llamaron “Gallo negro” a esa pandilla virtual?

D. S.: –Es el paria, el que está aguantando, el más malo de todos. El otro día nos dijeron: “Che, ¿se dieron cuenta de que el gallo es el símbolo de la policía?”. A lo que respondimos: “Pero el nuestro mira para otro lado”. Es el gallo de libertad, el que se mete en la oscuridad, el que no le teme pelearse con ninguna otra especie. Aparte, porque tiene esa fuerza chamánica: el gallo negro es pesado.

–¿Qué fue lo que despertó el misticismo que recorre al repertorio? 

E.H.: –Creo que se fue desprendiendo. Obviamente, fuimos acompañando la música con la lírica que íbamos sintiendo. Desde Chances (2012), establecimos un modo de trabajo que fue reemplazar esas palabras inventadas por una letra real. Y naturalmente fue saliendo. Tal vez “Estrella fugaz” tiene ese costado más erótico: los astros, las estrellas. Nosotros, hijos de astrólogas, sabemos que un planeta te cambia. Así que la idea de fe, de amor, de desamor, de fuerza, de mística y de misterio es lo que sobrevoló la música.

–¿Se trató de una decisión estética, así como sucedió con el nombre de la banda, apelar a las iniciales para titular el disco?

D. S.: –Nos gustó estéticamente. Tenía esa cuestión de logia, además con esa “H” intercalada. La gente lo va a recordar más como L.H.O.N. que por lo que significa.

–Se palpa la cultura periférica mexicana en L.H.O.N. ¿Sucedió casualmente o era lo que pretendían?

D. S.: –Ya en “Abarajame” usábamos expresiones como “güero” y “vato”.

E. H.: –Nuestra música tuvo influencia mexicana antes de ir a México. Cuando vamos a Monterrey, nos sentimos bien porque en algún punto nos imaginábamos ahí. Viajábamos con la mente. Creo que, en ese sentido, son reales los ingredientes que colocamos.

D. S.: –En el año 99, estábamos haciendo el Watcha Tour. En la fecha de Tijuana, se nos acercó un vato (es la manera que se usa en el norte de México para referirse a otra persona o a un amigo), que hablaba medio espanglish, para decirnos que a su hija le había puesto Illya por nosotros. Ahí dijimos: “¡Ya está!”. Y Miguel es blackxican también.

–¿Cómo se produjo la conexión con Miguel?

D. S.: –A Miguel lo invitamos (la otra participación especial de L.H.O.N. recayó en la cantautora mexicana Natalia Lafourcade) porque su disco del año pasado (se refiere a Wildheart) fue uno de nuestros favoritos. Lo escuchamos todo el tiempo. Y se dio la casualidad de que estábamos hablando con el presidente de nuestro sello acá, y Emmanuel le preguntó si lo conocía. Nos dijo que había estado comiendo con él, y que era mitad mexicano. Así que no dudamos en mandarle el proyecto y las canciones. Hicimos un Skype, y pegamos una onda tan buena que vino al Lollapalooza. Y un par de días después filmamos el video de “Estrella fugaz”.

–¿Le sorprendió la propuesta de colaborar con una banda argentina cultora del funk y de la música afro?

E. H.: –Creo que se sorprendió. Imaginate que desembarcó en el Lollapalooza, que es un festival donde el público se expresa mucho. Días más tarde, en Miami, nos dijo que nuestro show le había parecido increíble. Nos vio de costado, no nos conocía. Si bien somos retranquilos, Miguel flasheó mucho, una vez que subimos al escenario, con lo que significamos en Argentina. Y eso está bueno.

–Desde que apareció Chances, tuvieron mucho cuidado en prever el futuro de IKV. Sin embargo, con la salida del disco en vivo Aplaudan en la Luna (2014), la línea del tiempo de la banda tomó fuerza y evolucionó. Pese a que se notan confiados con la vuelta, ¿cómo la viven?

E. H.: –Estamos confiados con que pensamos las cosas de una manera tranquila, y los pasos siempre fueron firmes y seguros. En un principio, íbamos a volver para hacer Chances y el disco vivo. El nuevo álbum no estaba en los planes, y si se dio fue justamente porque es el resultado de las cosas buenas que nos pasaron. Creo que vamos a seguir moviéndonos así: por el deseo y por las ganas, y de esa manera la cosa siempre va a tener fuerza. Y cuando no la tengamos, pasaremos a otra instancia. Pero todo lo bueno que sucede es fruto de las decisiones honestas y reales.


Dos Grammy que suman

A mediados de noviembre, Illya Kuryaki and the Valderramas confirmó el gran momento que atraviesa al llevarse a casa dos de las estatuillas de la 17ª entrega anual del Grammy Latino. La dupla se alzó en las categorías “Mejor video musical versión corta”, con “Gallo negro”, y “Mejor álbum de música alternativa”, gracias a L.H.O.N. “Para nosotros fue una sorpresa terrible”, asegura Emmanuel Horvilleur, cuya banda fue nominada en la primera edición del premio, en 1999, y nuevamente en 2014, tras su reunión, donde, de las cinco candidaturas, sólo obtuvo el galardón a la “Mejor canción urbana”, de la mano de “Ula Ula”. “Está bueno ser parte de unos premios que significan tanto para la industria, en la que nos empezaron a prestar atención hace unos años. No muchos artistas ganaron dos Grammy en esa premiación. Creo que, aparte de nosotros, también lo hicieron los Cadillacs y alguno más. Es algo que viene a sumar todas las cosas buenas que nos fueron pasando no sólo con el último trabajo, sino con Chances. Nos sentimos muy halagados”.

Si bien hubo una gran representación argentina en la última edición del premio, ésta básicamente colmó los rubros vinculados a la música popular y al rock. “Es muy loco que el rock sea un de los géneros que tiene menor rating en el Grammy Latino. El reguetón y lo urbano les pasan el trapo, al menos en minutos de televisión”, comparte con desconcierto Horvilleur, quien, junto a Dante Spinetta & Cía, llevará adelante en 2017 su segunda gira europea. “Aunque también es un logro importante haber sido nominados por segunda vez al Grammy anglo, quizá, más allá de los medios especializados, en la Argentina no se hace tanto eco de esto”. Lo cierto es que, a propósito de una de las estatuillas que obtuvo la dupla, L.H.O.N. se tornó en una alternativa al sonido de la banda. “Me parece que al principio la gente se esperaba un disco más similar a Leche (1999). Ciertamente tiene funk, pero en dosis. Hay mucha canción y melodía, y letras más reflexivas, sentimentales y de fe. La temática es el apocalipsis cotidiano, y nos pareció que estaba bueno musicalizar ese mensaje.”