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Nélida Lobato, la vedette que cambió para siempre el teatro de revista y murió en el olvido

De barrio (Saavedra) y técnica radióloga. Pero su encuentro y su matrimonio con el coreógrafo Eber Lobato, con quien se casó a los 15 días, la transformó. Al principio sufrió rechazos y pobreza. Sin embargo, por belleza y talento llegó a la cumbre en los escenarios más exigentes: Estados Unidos, París y la revista porteña, donde escribió imborrable historia. Un cáncer la abatió apenas a los 47 años. Su trono de máxima vedette sigue vacío.

Nació como Haydée Nélida Menta el 19 de junio de 1934 en el barrio del Polaco Goyeneche y de Platense. Creció jugando en el Parque Saavedra, que en aquellos tiempos era un gran mar de eucaliptus rodeado por una muralla y dos grandes leones de bronce que custodiaban la entrada: un puente levadizo. Era, según un periodista que la entrevistó cuando ya era vedette de lujo del teatro El Nacional –el templo de Carlos A. Petit (la A corresponde a Artagnan), eterno rival del Maipo–, una chica “modosa, simpática, tranquila, de su casa, pelo amarillo y cortón, nariz respingada, ojos redondos y profundos, y muy lindos labios. Cuesta imaginarla subiendo y bajando los 39 escalones luminosos del tablado”.

Nélida Lobato

Nélida Lobato

Los años duros. Familia española e italiana. Su padre tenía una pequeña empresa de encerados. “Pero se murió a mis nueve años, su socio se quedó con todo y quedamos en la miseria -contaba Nélida-. Terminé la primaria, me puse a trabajar y llegué a ser técnica radióloga en una clínica privada. ¿Bailar? ¡Jamás se me ocurrió!” Pero su vuelta de tuerca fue el bailarín y coreógrafo Eber Lobato, que actuaba en el ballet de un grande local e internacional, Alfredo Allaria.

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Por esos días (1952), Alfredo le presentó a Nélida, que empezaba a posar para publicidad. A los 15 días se casaron. El ojo de Eber intuyó que Nélida era un diamante en bruto. Decidió construirla y erigirla en estrella. Intentó sumarla al equipo de Allaria. “Pero nos echó a las dos semanas– relataba ella–, diciendo que yo jamás podría pisar un escenario“.

Peregrinos de la nada. La pareja empezó un periplo desolador. En la boite Flamingo no les pagaron. “Dormíamos en el suelo y Adrián, nuestro hijo recién nacido, en una valija. Una noche se cerró la tapa y casi muere asfixiado”, recordaba Nélida mucho después, en sus días dorados: más de dos mil dólares por semana (en los 70, una fortuna). El dúo empezó a quebrarse. Eber entró como coreógrafo del Maipo, pero no consiguió sacar a Nélida de la última línea del coro: las partiquinas sin futuro. “Cada día estaba más insegura. Sólo Eber creía en mí y hacía lo imposible para promocionarme, pero yo no subía…”.

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Tuvo un breve y módico relumbrón en el 57 y en tevé, como estrella del show Música y fantasía, con Tincho Zabala, María Vaner y Pepe Soriano, y en El show de Andy Russell. Pero los apagones eran más largos que las luces, a pesar de que Eber trabajaba sobre ella con rigor de verdugo para que diera, bailando, hasta la última gota de sudor y de sangre.

Nélida Lobato (Grosby)

Nélida Lobato (Grosby)

Gracias, Chile querido. Trashumantes, recalaron al otro lado de la Cordillera, y de pronto se les abrieron las puertas del Bim Bam Bum, el teatro-cabaret más famoso de Santiago. “Nos contrataron por un mes, nos dieron total libertad… ¡y nos quedamos ocho!”. Allí los descubrió un enviado del Dinah Shore Show de Los Angeles. “Y nos fuimos allá con un equipo muy pobre: cuatro bailarinas, cuatro bailarines, una modista, Eber, yo y Adrián, nuestro hijo, para actuar diez días… ¡y nos quedamos cinco años!“.

Llegó a presentar el espectáculo de Sammy Davis Junior. Pasaron a Las Vegas para actuar en El Rancho Hotel. “Se incendió en la noche del debut. Además, nos dimos cuenta de que no podíamos competir con el lujo de Las Vegas. Pero Eber sacó todos sus conejos de la galera a fuerza de ingenio: les puso barba a los bailarines, engominó el pelo de las chicas, me vistió con tiritas de género y ocultó nuestros defectos con luces. No mucho después éramos Los Lobato Dancers y nunca más tuvimos que rendir examen. Llovieron los contratos: Puerto Rico, México, Nueva York, Miami (¡con Mickey Rooney!), Houston…”.

Y llovió, por primera vez, el dinero. En Los Ángeles compraron una casa con jardín y baño en los dormitorios. Y por fin, la meca: en noviembre de 1964 sonaron todas las trompetas: ¡Nélida Lobato, vedette del Lido de París!

Bailando fue sutil como una sombra o feroz como un huracán. Pasión, técnica y belleza superlativas

La gran revancha. En el 69, a diez años de su partida en las peores condiciones, Carlos A. Petit los contrata para El Nacional (siempre a sala llena) con el 17,5 por ciento de la venta de entradas: cuatro millones y medio de pesos por mes. Compran una quinta en Moreno, un departamento en Ayacucho y Viamonte. “Vivíamos como reyes”, contaba ella.

Sus temporadas como vedette, entre 1971 y 1982, y divididas entre el Maipo y El Nacional, dejaron huellas indelebles. No hubo ninguna igual desde la mítica Nélida Roca (1929-1999) hasta hoy, tiempo de cirugías y siliconas. Bailando fue sutil como una sombra o feroz como un huracán. Pasión, técnica y belleza superlativas.

Además, rompió dos moldes. El misterio de la vida privada exigida por Petit –”de una vedette fuera del escenario, nadie debe saber nada”–, aceptando entrevistas sin retaceos y a cara lavada, y enfrentándose al machismo: en los sketches se negó siempre a ser el objeto sexual típico de la revista porteña y controló la calidad de los textos.

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El fenómeno Nélida. Hasta su aparición en la revista porteña (El maipazo del año, Maipo, 1971), el ícono de esas tablas era otra Nélida: Roca. Que se retiró demasiado pronto: grave artrosis en las rodillas. Pero el estilo Roca, y el de muchas, fue limitado: una escasa en el baile, con unas pocas rutinas defendidas por el coro, la música y las luces. Lobato, desde el vamos, cambió todo, y asombró: bailaba con calidad digna del mejor ballet y le agregaba un fuego desconocido. Además, en los sketches, demostró dotes de excelente actriz. De haber vivido más, su destino estaba en la comedia. Pero nunca se atribuyó todo el mérito. “Eber me hizo”, repitió sincera y generosamente hasta su último día.

La gloria y el ocaso. Seis películas (una, Scream of the butterfly, en los Estados Unidos). Dos impactos de tevé: El mundo de Nélida Lobato y Almorzando con las estrellas, compitiendo con Mirtha Legrand. El musical Chicago (El Nacional, 1977), taquillazo del año. Tres premios: Corona de Oro a la Vedette Número 1, y dos Konex, Platino y Diploma al Mérito.

Nélida Lobato y Víctor Laplace, en una publicidad

Nélida Lobato y Víctor Laplace, en una publicidad

De pronto, a principios de 1981, los primeros dolores: premonitorios y fatales signos. Funciones suspendidas. El 8 de mayo, operación: le extraen un ampuloma (tumor benigno) que obstruía las vías biliares, y le extirpan la vesícula. Vuelve al escenario. Pero en marzo del 82 el agazapado mal empieza su implacable y demoledor avance. Pierde tres kilos en pocos días. Duerme más de doce horas. Cambian algunos cuadros de la revista La mariposa (Maipo) para evitarle tanto esfuerzo. Más funciones suspendidas.

Cuando los dolores empiezan a ser insoportables, se niega a abandonar su trono: antes de salir a escena hay que aplicarle inyecciones calmantes. Sus compañeros no pueden creer tanta resistencia: “Está pálida, decaída, triste. Sus cervicales le duelen como si se quemaran, pero sigue y sigue, con una tenacidad brutal”.

Al amanecer abril se derrumba. Diagnóstico: cáncer hepático irreversible. Se muere el 9 de mayo de ese mismo año, en plena Guerra de Malvinas, a los 47 años. Están con ella, en el instante final, Betty, una de sus tres hermanas, y Víctor Laplace, su pareja desde 1972 hasta 1979. Los ecos de la guerra reducen la noticia a su mínima expresión: apenas breves notas biográficas.

Laplace fue su pareja durante una década. “Nélida fue mi pasión, mi amante, mi compañera, mi hermana, mi maestra y mi cómplice. Un amor que no fue de novelita rosa: teníamos unas peleas de espanto y unas reconciliaciones que eran viajar al cielo. Después la relación cambió: no dejamos de amarnos, pero nos quisimos de otra manera. Más tarde se enfermó, pasó lo que pasó y supe qué cosa era la soledad“.

Trono vacante. Más tarde, y hasta hoy, el cetro de vedette pasó por varias manos, pero el público memorioso y los críticos siguen evocando a Nélida Lobato como la más grande. A ella, sí. En la que tantos no creyeron. La que con Eber, su marido y constructor, llegó a dormir en cuchitriles y a vivir con moneda escasa hasta que Chile, media América latina, los Estados Unidos y París la reconocieron, la iluminaron con sus mejores focos, y todavía la destacan en su galería de superestrellas. Tardó la justicia mucho más que la muerte, pero hay todavía miles de ojos que la mantienen viva, de pie, y bailando con la fuerza de un torbellino.

 

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Esta entrada fue publicada en 8 julio, 2019 por en Informe Especial y etiquetada con .

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