La deja servida. No hay caso. Uno supone que tal vez sea estrategia política, que a lo que apunta es a conservar su núcleo duro para eventualmente liderar una oposición rancia, agresiva, lógicamente “anti” y, si dios, la patria y los tribunales lo permiten, seguir viviendo en la argentina. Sin embargo, el sincericidio podría ser una liberación, la caída de una apretada máscara que ya no lo deja respirar, el grito salvaje de quien se siente dueño de todo y por un instante avizora que podría ser remitido a otro lugar que no sea ese con el que se asoció desde la cuna, el de propietario. ¿Por qué no pensar entonces que esto es otro de los puntos de viraje con el que Macri finalmente sea Mauricio, al fin? No se lo han permitido, no lo han dejado, y hoy da rienda suelta a su verdad, a su cuna, a su origen, a su vida, y lo grite a los cuatro vientos como un nuevo enamorado. Lo del comentario “machirulo”, esto de que “el populismo es como que tu mujer usa la tarjeta, se endeuda y después te ejecutan la casa”, habla a las claras del modo en que colocar el debate sobre el feminismo al margen de los asuntos del capitalismo contemporáneo es como hablar de la religión dejando al margen a dios. Y este es el punto.

Dios padre

La religión ha muerto desde el momento en que el capital vino a colocar al dinero en su lugar. Este anclaje que regula los intercambios de bienes hace del dinero, del mismo modo que con dios, una suerte de talismán (fetiche) que tendría lo mismos poderes divinos, pero al alcance de la mano. La divinidad, al ganar tangibilidad, pierde por completo su carácter sagrado, y de ese modo, no profanable. La profanación es un elemento continuo que se despliega en toda la extensión del paisaje capitalista, y es visible el modo en que fagocita todo tipo de objetos supuestamente intocables, al convertirlos en un bien transable. Los próceres de la patria, por tomar un ejemplo, casi que son –si ya no han sido– “profanados” en su figura, pero, sobre todo, en su significación aglutinadora, para colocarlos casi en una imagen de consumo, en una superficialidad plegada sobre tal paisaje como si fuera un fragmento del cuadro de un museo en el que todos se agolpan por acercarse, y en el que cada individuo obtiene su pedacito de historia. Un muro de Berlín por día se derriba en el mundo y sus desechos lanzados a la loca carrera de la apropiación sin otro sentido que afirmarse en la ilusión participativa con la que se entretienen las subjetividades subyugadas por el consumo (quiero decir, todos a diferentes grados de intensidad y alienación. Es imposible pensarlo de otro modo que no sea contra sí mismo, al modo freudiano). La religión, entonces, al caer como un subrogado de una discursividad que no dice nada (y por eso no es discurso, según la definición lacaniana de discurso. Es puro semblante) pasa a convertirse en una institución sin fe. Ya no mueve montañas, al menos en occidente. Por lo tanto, la tangibilidad del dios dinero compone una antidivinidad en la que se abonan todos los decires del racionalismo que colocan al amor como un fenómeno marginal, y hasta como un obstáculo. Basta ver muchos debates que se dan en las redes para tener un alcance de la mirada que pone a este fenómeno en la picota. El cuerpo “reaparecido” mediante los síntomas con los que Freud hace su viaje de aventuras recupera lo sagrado de algo que no se asimila y que resiste, que el psicoanálisis ubica en relación al concepto de pulsión, es decir, una información de la memoria del cuerpo en el que la infancia es el nombre de su huella imborrable, y que excede los límites de la piel, es decir, del individuo y su tiempo. Freud se cuidó de que su invención no termine en un retorno a la religión, y ese invento trajo otro tipo de ligadura, un discurso que no sea del semblante –de la falsa vinculación entre semejantes– que logra reanudar al padre, pero ya no como divinidad, sino como singularidad. Tomando el discurso de la física, en el lugar de dios ahora tenemos lo que se denomina “agujero negro”.

La mujer es lo negro del mundo

Esa opacidad se vincula a la mujer, porque a través de ella tenemos algún acceso a un goce que no está a nivel de los intercambios, y que sin embargo, es de lo que habla el ser parlante durante toda su vida, sin saberlo, y es el objeto trans-mundano con el que se vincula, mediado por una serie de significaciones que, en primera instancia, vienen del Otro y sus representantes, que lo sueñan al nacer (sin que se sepa cuál es la cronología de ese nacimiento: antes o después del parto) y lo alojan allí. Ese objeto –causa del deseo– es el inconsciente más allá de las palabras, el inconsciente de una memoria extendida más allá del individuo, enlazándose y entrelazándose con el órgano invisible de la libido, ligando a los cuerpos mediante una política que aún no ha sido posible transformar en colectividad. La mujer encarna el agujero en la medida en que no se entretiene tan drásticamente con el falo como el varón, es decir, con el semblante que le ofrecen los objetos del mundo (capitalista, ya que el mundo lo es, hoy). Ella se relaciona con la opacidad de una forma poética, en tanto hablemos de una mujer, y al modo en que el hombre enamorado la designa, ella es su inspiración. Lennon lo cantó, con sensibilidad artística. El hombre (hombres y mujeres) tienen que vérselas con lo negro del mundo, para extraer de allí el punto de singularidad con el que sus vidas obtienen un carácter digno, no alienado en el cuerpo de órganos-pieza de la productividad y el consumo.

Mauricio Macri, el presidente, le baja el precio como buen empresario capitalista (periférico), buscando una “oportunidad”. Le sirve para su gira “sisepuedense”, convirtiendo a “lo negro del mundo” en un simple “barril sin fondo” de la discusión de café entre los muchachos de la esquina, autoconsolantes y consolados por la crema batida del sentido común, que los sazona como a duraznos en lata. Tal vez resulte muy efectivo en ciertas capas poblacionales alejadas por completo de una reflexión interrogativa en torno a cualquier cosa que sus ojos no vean. Dios es la mujer –dice Lacan– refiriéndose a un goce del que nada se puede decir y que la mujer siente, y que el capitalista reduce a nada mediante su operación de liquidación de temporada para que los votantes consumidores compren cual zombis que van todos juntos al matadero, pero con alegría de ir tomados de la mano.

Populismo, mujer y dinero puestos en secuencia tal como la frase en cuestión la puso, se supone que deja en claro que los hombres podrían vivir en paz con su dinero si esos males no se encargaran de insistir en retornar, del mismo modo que retorna la infancia a través de nuestros sueños, otra vez, en la lógica de la noche que sabe adentrarse en lo oscuro y ver allí, a pesar del individuo en el que acontece, que hace lo imposible por coserse las pestañas y no abrirlas jamás.

El Patrigarca

El machirulo es el prototipo –sea hombre o mujer– que traspone el lugar de lo sagrado al objeto fetiche representado por el dinero, convirtiéndolo todo en un bazar de “todo por dos pesos”. No tiene nada que ver con la lógica del patriarca, al que a partir de ahora podríamos rebautizar “patrigarca”, es decir, el agente de la disolución de los lazos sociales bajo la fachada de la sensiblería benefactora unidireccional, que reza que “lo bueno para mí DEBERA ser bueno para todos”. Al patrigarca la mujer le equivale a un gasto, en cambio al patriarca la mujer era el lugar sagrado sobre el que la familia apoyaba el funcionamiento de la zona íntima del hogar, su campo propio de dominio. Para el patrigarca apenas si es un objeto a “cafishear” (al decir de Suely Rolnik), del cual se apropia primero y exhibe como en góndola.

Y al final, tenemos el Dios padre, que deja de ser dios y se convierte en inconsciente, tal como Freud lo coloca, en el lugar de un muerto, es decir, de una voz que habla a través de todos los tiempos y transmite un nuevo amor en cada sujeto, al que podríamos denominar “amor por la cultura, por la civilización”, casualmente la forma de identificación que Freud considera “primera”, lógicamente.

Para finalizar, entonces, no podría homologarse la función del padre a la del patriarca, y mucho menos al del Patrigarca, ya que el padre es una función, es decir, ningún ser consciente, el patriarca es un ser cuya presencia lo revela vivo, y no muerto, una presencia asfixiante, casi un padre Real mediado por sus propias leyes. El patrigarca, en cambio, es un vivo, sí, ¡un vivo bárbaro! En esta diferencia se juega la posibilidad de operar un cambio que no se agote en peleas con sombras ni en slogans para vender detergente y que hace de la vida “algo biodegradable”.

Jose Luis Juresa es miembro de EPC (Espacio Psicoanalítico Contemporáneo) y del Instituto Gerard Haddad de Paris.

Por José Luis Juresa

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